De China y Estados Unidos dependerá el éxito de Copenhague

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La contaminación en China, evidente en la niebla tóxica que cubre Beijing, ha alentado al Gobierno a fijarse metas de reducción de emisión de gases. Foto: AFP

En diciembre de 2007, representantes de 190 países se reunieron en Bali, Indonesia, para iniciar el proceso de negociación de lo que algunos ya llaman el ‘Protocolo de Kioto segunda parte’. La cumbre alcanzó tal nivel de tensión, que el holandés Yvo de Boer, considerado el ‘hombre fuerte’ de la negociación del cambio climático -vestido para la ocasión con una vistosa camisa de flores doradas sobre un fondo negro- prorrumpió en lágrimas, se puso de pie y salió frustrado de la sala.

De Boer, que a la sazón completaba dos días sin dormir, tenía sobradas razones para andar desconsolado: a lo largo de la reunión, Estados Unidos había manifestado que no apoyaría el texto; India, Pakistán y China amenazaban con boicotear el acuerdo, y la delegación de este último país había acusado de deslealtad al holandés.

Al final, sin embargo, todos ablandaron sus posiciones y se escuchó un fuerte aplauso. Un aplauso que para los expertos no debe dar pie para olvidar las razones de las lágrimas de De Boer, porque una cosa es ceder posiciones para quedar bien con todos y otra cosa es disponer de lo necesario para frenar el calentamiento global.

Entre el 6 y el 18 de diciembre se llevará a cabo en Copenhague, Dinamarca, la Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático, donde se espera que las naciones firmen el citado ‘Kioto II’, aunque los vaticinios apuntan a que serán necesarias nuevas reuniones. El propósito de la cumbre es trazar metas de reducción de gases de efecto invernadero (GEI) entre 2012 y 2020, teniendo en cuenta que el Protocolo de Kioto (1997) estableció una reducción de 5,2 por ciento en el periodo 2008-2012.

El nuevo acuerdo también es imprescindible en la medida en que el primero no incluyó a Estados Unidos (principal emisor de GEI), tuvo metas bajas, no comprometió a los países en desarrollo, dejó de lado las emisiones producidas por barcos y aviones, y soslayó el tema de la deforestación.

Repartir responsabilidades

Los temas a resolver no son de poca monta. Uno de ellos es que mientras el grueso de los países insistirá en la necesidad de evitar que la temperatura promedio de la Tierra suba más de 2° C, varios Estados insulares -que corren un riesgo real de desaparecer por el aumento del nivel del mar- plantearán que el límite sea 1,5° C.

Eso implicaría ser aún más drásticos con respecto a las metas originalmente fijadas para 2050 (50 por ciento de reducción de emisiones del mundo entero y 80 por ciento de reducción de los países desarrollados). Metas que, por cierto, al día de hoy no se están cumpliendo.

Otro elemento que complicará las negociaciones es la necesidad de establecer metas para los países en desarrollo. Al fin y al cabo, cuando comenzó la preocupación por el calentamiento global nadie contaba con que China, India, Brasil e Indonesia se convertirían en grandes emisores de GEI como resultado de su pujanza económica. De hecho, se estima que de aquí a 2020, el 97 por ciento del crecimiento de las emisiones se deberá a los países en desarrollo. Por eso, hoy los países ricos están instando a los otros a que establezcan metas de reducción para el periodo 2020-2050.

Alcanzar esos propósitos implica también ceder en frentes menos evidentes, como es la transferencia de tecnología. Si los países desarrollados quieren que los países en desarrollo también dispongan de fuentes de energía limpias y máquinas amigables con el ambiente, eventualmente tendrán que flexibilizar su protección a las patentes y a la propiedad intelectual para que estos últimos puedan adquirirlas a precios razonables.

El Tío Sam y el dragón

Sin embargo, lo que determinará el éxito de la Conferencia serán los compromisos que adquieran Estados Unidos y China, los dos mayores contaminantes del planeta en la actualidad. La posición del primero, por tradición resistente a firmar cualquier trato que afecte su economía, ha cambiado paulatinamente en años recientes gracias a factores como la solidez de la evidencia científica, la probabilidad de que los desastres naturales tengan relación con el cambio climático, la subida de los precios del petróleo y el activismo de figuras como el ex vicepresidente Al Gore.

Tanto es así, que el pasado 25 de noviembre el presidente Barack Obama anunció que ofrecerá reducir en 17 por ciento la emisión de gases de efecto invernadero de Estados Unidos hasta 2020, 30 por ciento hasta 2025 y 83 por ciento hasta 2050, tomando como punto de referencia las cifras de 2005. No obstante, el margen de negociación del Presidente seguirá siendo estrecho debido al escaso progreso del proyecto de ley sobre el clima en el Senado estadounidense.

Por el lado de China la cuestión tampoco es fácil. Aunque en 2007 fue el país con mayor emisión de gases de efecto invernadero, su renuencia a una reducción drástica de emisiones se fundamenta en que el principal daño al planeta fue causado por otros. Un argumento que, de paso, le sirve para mantener su soberanía y su ritmo de expansión económica.

Por eso los chinos llegarán a Copenhague con un plan de eficiencia energética que pretende reducir entre un 40 y un 45 por ciento la cantidad de emisiones de CO2 por unidad de PIB -concepto conocido como ‘intensidad de carbono’- entre 2005 y 2020. A pesar de que es la primera vez que le ponen cifras a su compromiso, la oferta no significa una reducción de emisiones, sino un aumento más lento. Cualquier compromiso adicional estará supeditado a los sacrificios que los países ricos pongan sobre la mesa.

Las propuestas de las dos potencias pueden parecer gestos de buena voluntad, pero en ellas subyace el reconocimiento de que a ambas les conviene evitar el calentamiento para su propia subsistencia: en el caso de Estados Unidos, porque tiene que virar su economía hacia un modelo menos dependiente del petróleo, y en el caso de China, porque el aumento de la temperatura amenaza con desertizar regiones, reducir el abastecimiento de agua e inundar zonas clave para la economía.

Como los sacrificios planteados son a todas luces insuficientes, algunos ya afirman que la Cumbre de Copenhague ha fracasado incluso antes de haber comenzado. Pero queda un consuelo: peor habría sido nada.

Preguntas  por resolver

La Cumbre de Copenhague tendrá que resolver varios asuntos en el terreno práctico. Algunos de ellos son:

Cómo medir y verificar la reducción de emisiones. Esto implica establecer y unificar el año de referencia, que por el momento es 1990 en la Unión Europea y 2005 en Estados Unidos.

Cómo castigar a los incumplidos. El Protocolo de Kioto estableció que los países desarrollados que no cumplan las metas deberán pagar las inversiones necesarias para la reducción, y lograr un 30 por ciento adicional al prometido.

Descargue en recursos relacionados Cambio Climático: lo que está en juego de Manuel Rodríguez Becerra y Henry Mance.

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