UN BARCELONA ÚNICO LOGRA LO NUNCA VISTO: 6 TÍTULOS DE SEIS POSIBLES

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Acampada en la cima del mundo

Puyol levanta la copa de campeones del Mundialito. (AP)

Puyol levanta la copa de campeones del Mundialito. (AP)

Actualizado sábado 19/12/2009 23:04 (CET)
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FERNANDO LLAMAS

MADRID.- No se podían condensar más intrigas y emociones en la última página de la obra maestra histórica que el FC Barcelona empezó a escribir el 13 de mayo en Valencia y concluyó el 19 de diciembre en Abu Dhabi, en la final del Mundial de clubes. El Estudiantes de La Plata argentino estaba a poco más de dos minutos de arruinar el epílogo feliz de Pep Guardiola cuando llegó Pedro Rodríguez y abrió la vitrina: el sexto título en seis competiciones lo certificó Lionel Messi en la segunda parte de la prórroga. [Narración] [Opine: ¿Podrá repetirse?] [DEBATE]

Llámelo, comercialmente, PR17 o, con gusto monárquico, Pedro XVII el Cruel. O el Fiel. Llámelo como quiera, que este tinerfeño, hasta hace nada un Pedrito más inmigrado en la Masía catalana, se coronará con el gol de la gloria. Incluso cuando apenas hay esperanza, cuando el reino parece perdido por culpa de un cabezazo (Mauro Boselli, m. 37) y una defensa monumental repleta de fuerza y orgullo.

En la entrega de galardones, el Balón de Oro fue para Leo Messi, coleccionista de estos artilugios. Los aficionados árabes andaban locos por él y la FIFA no iba a cometer el error mercadotécnico de entregarle la aúrea esfera a un tal Pedrito. Además, Leo, un poco apagado y dolorido, había definido el triunfo absoluto con un pechazo espectacular.

Pedro Rodríguez no actuó de inicio. Lo llamó Guardiola para enderezar una final torcida. Lo colocó de extremo derecho, cuarto atacante puro de un bloque dispuesto a reaccionar ante la adversidad. Un equipo que, después del intervalo y del cambio táctico (se marchó Keita, Messi e Ibrahimovic se alternaron los puestos de delantero centro y enlace, con Henry a la izquierda) buscó tanto el gol como el Estudiantes de La Plata el pitido que le entregara esta copa intercontinental de afilado diseño.

Colgado del larguero durante 44 minutos, el cabezazo de Boselli sostenía al Estudiantes al frente de una final hispanohablante, incluido el desnortado árbitro mexicano Benito Archundia. Pero quien de cabeza mata de cabeza muere. Y Pedro, con crueldad supina, acertó a conectar suavemente el balón que trazó una parábola para superar al buen portero Damián Albil. En el minuto 89, la Intercontinental debía esperar media hora más, de prórroga, para conocer su destino. Aunque ya sonaba alto y claro el acento catalán de sus destinatarios.

La resolución no se firmó ni con la cabeza ni con el pie. Porque los grandes artistas tienen recursos para todo y Leo Messi, tras 110 minutos de saturación y dolores de tobillo, sacó pecho a un centro de Daniel Alves y con esa parte del cuerpo donde se encuentra el corazón desarboló finalmente a Albil y desactivó a los incansables 5.000 ‘Pincharratas’ que habían intentado sostener con sus ánimos a la escuadra estudiantil.

Estudiantes de La Plata hizo un partido muy serio, con una primera parte en la que dejó completamente seco al hipercampeón y, además, lo remachó en su único remate entre los tres palos. Fue desmoronándose muy poquito a poco tras la erupción del volcán rosa, color de camiseta elegido por la firma que viste al Barça para disputar su sexto título del año.

La defensa platense se derrumbó por la continua erosión a la que fue sometida y de manera terminal con la irrupción de Jeffren Suárez -otro chico criado en Tenerife- a siete minutos del 90. El extremo derrochó velocidad, regate e imaginación. Su capacidad física, íntegra, tumbó a los agotadísimos defensores argentinos.

En la prórroga, al Estudiantes se le apareció constantemente el espejismo de los penaltis como única esperanza de no perecer acribillado, su destino final escrito en el pecho de un pequeño argentino que se ha hecho hombre en Barcelona.

El ‘Pincha’ fue la última víctima de un grupo que acampa en la cima del mundo y desafía a sus formidables adversarios del planeta a imitar sus conquistas. Aunque sabe que su verdadero obstáculo será digerir el hartazgo de éxitos y no perder definitivamente el hambre de triunfos.

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