Haití se aferra a la fe para afrontar su tragedia

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Las creencias religiosas tienen grandes raíces en Haití. | EfeLas creencias religiosas tienen grandes raíces en Haití. | Efe

  • Fuera de los recintos religiosos la vida continúa con la reconstrucción
  • La religión está fuertemente enraizada en la población de Haití
  • Los fieles no renuncian a seguir en contacto con Dios para buscar consuelo

Dpa | Puerto Príncipe

Puerto Príncipe era un lugar lleno de pequeñas iglesias de las que ahora no quedan más que restos de cruces, alguna vidriera e imágenes hechas pedazos. Hasta la catedral ha quedado prácticamente derruida.

Sin embargo, ello no impide que cada día cientos de haitianos se congreguen en el exterior de lo que queda de estos recintos religiosos para rezar y para asistir a misas y rituales religiosos improvisados.

Unos dan gracias a Dios por haber sobrevivido, otros ruegan por el alma de sus muertos. Los más buscan consuelo para su dolor y un remanso de paz en medio de la tragedia y el caos en el que ha quedado sumido el país tras el seísmo.

Cantos hasta que sale el sol

Los cánticos religiosos han llenado el aire de este reducto caribeño. Las voces y los rezos a veces se escuchan ininterrumpidamente desde el anochecer hasta que sale el primer rayo de sol.

Siempre al aire libre. Los templos han quedado asolados o completamente en ruinas, lo que obliga a celebrar este tipo de ritos a la intemperie.

La iglesia de Saint Pierre es uno de los pocos templos capitalinos que aún sigue en pie, pero los daños que ha sufrido, invisibles a primera vista, provocan una inseguridad y un temor que hace que los feligreses se conformen por quedarse en sus inmediaciones. No quieren, no se atreven a entrar.

Por este motivo, los sacerdotes de la iglesia organizan las misas diariamente en pequeños solares cerca de los recintos. Cientos de personas se acercan a ellos y se acomodan entre los restos de los bancos, en sillas viejas o en el mismo suelo.

El servicio religioso se lleva a cabo en un altar improvisado y sirviéndose de los utensilios que no han sido robados. Los crucifijos se han sacado cuidadosamente de entre las ruinas…

Quien no cabe en este singular templo asiste tras las rejas que aún rodean lo que fue el antiguo recinto, los que pasan de largo se detienen lo suficiente para santiguarse y continuar su camino.

Y la vida continúa

“Valor y respaldo mutuo”, proclama el cura en medio de su plegaria. Todo el mundo sabe a qué se refiere.

En las afueras del templo, la vida sigue con su caótico frenesí. Frente a la iglesia se alza, en plena plaza Saint Pierre, en Petionville, uno de los cientos de campamentos de refugiados que plagan la ciudad en estos días.

Miles de personas apuran la última hora de luz para lavarse, acumular agua en un tanque traído recientemente por una ONG o cocinar algún alimento. Los niños juegan alborotados entre los adultos que, más serios, escuchan atentamente a un hombre que da instrucciones para recibir vales de comida.

Los coches pasan sin parar, algunos con la música alta. Los vendedores hacen una última ronda antes de llevarse de nuevo el carrito con algún alimento o refresco.

Un oasis en medio de la agitación

Nada de esto parece escucharse una vez traspasada la puerta del solar donde se celebra la misa. Allí, la dulce voz de una mujer entona un cántico que hace olvidar todo el caos exterior.

Otra mujer pasa el cepillo, quien tiene algo, introduce unas monedas, quien no, lo deja circular hasta el siguiente feligrés. Todos se dan la mano, logran esbozar una sonrisa a pesar de las numerosas tragedias personales que han sufrido.

“Rezo para que Dios nos ayude y nos dé un poco de fuerza”, explica una de las numerosas mujeres que asisten “cada día” a la misa vespertina. “Rezar nos ayuda”, corrobora otra.

Raíces religiosas profundas

La religión está profundamente arraigada en Haití. Prácticamente todo se encomienda al “Bon Dieu”, el “Buen Dios”, desde el establecimiento de lotería hasta el colorido “tap tap”, el transporte público por excelencia en este país.

Ante lo poco que les queda y la mucha incertidumbre que les espera, los haitianos se aferran a la fe. Es lo único que, hasta el momento, no parece haberles arrebatado el terremoto.

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