Auschwitz: El horror es una cosa familiar

Crimenes, Cristianismo, Democracia, Historia, Intercesión, News Alert, Noticias, Noticias Nacionales, Noticias y Crónicas, Pray, Prensa, Transformando Ciudades
Foto

Cerca de la casa en la que vivió Rudolf Höss, se instaló el patíbulo donde fue ahorcado en 1947 en cumplimiento de la pena que le impuso el tribunal polaco que lo juzgó por crímenes contra la Humanidad. | Foto: A.M.A.

por FERNANDO PALMERO y JOSÉ SÁNCHEZ TORTOSA

Llegar a Auschwitz I es llegar a un parque temático. Todo un centro de ocio con bares, restaurantes, pizzerías, tiendas, parkings… se extiende a su alrededor como parte del complejo. Nada se deja a la improvisación. El campo, aunque conservado mejor que muchos otros (los barracones están construidos en ladrillo porque formaban parte de un antiguo cuartel del Ejército polaco), está escondido tras la organización de la visita. El visitante no puede acceder a él directamente. Necesariamente ha de pasar por los trámites que impone el Museo. Largas colas para sacar el ticket, otra para recoger los auriculares con los que escuchar al guía obligatorio, y un relato de tres horas que condiciona una visita que además de parcial es apresurada. La cámara de gas y el crematorio I (reconstruidos) son despachados en apenas cinco minutos y apenas una hora basta para concluir la visita de Birkenau (Auschwitz II), a tres kilómetros del primer complejo.

El turista parece no molestarse, más bien al contrario. Se limita a cumplir el ritual de la visita, a conmoverse provisionalmente y tranquilizar su conciencia de hombre civilizado condenando, con obvio lamento, ‘el hecho’ sin necesidad de hacer el esfuerzo de conocer nada de él. Al terminar la visita nada sabrá de lo sucedido, ni sus razones ni sus consecuencias. Y nada más querrá saber ni correrá el riesgo de pensar, habiendo justificado ya su satisfecha complacencia con el billete de entrada, las fotos y demás recuerdos sin memoria. Probablemente no pueda ser de otro modo. Recordará, eso sí, los pasajes de ‘El niño del pijama a rayas’ y algunas secuencias de ‘La lista de Schindler’.

La visita guiada a Auschwitz I termina fuera de las alambradas del recinto penitenciario, en el crematorio I y la horca donde fue ejecutado por las autoridades polacas Rudolf Höss, comandante del campo, juzgado y condenado a muerte en 1947, por crímenes contra la Humanidad. El delito de genocidio no quedaría definido jurídicamente hasta 1948. Desde el patíbulo, puede verse aún hoy levantada, la casa en la que Höss vivió con su familia hasta el final de la Guerra.  Meses antes de su muerte pudo escribir una especie de confesión ante las autoridades británicas. En ella, se limita a constatar su papel de obediente  y más o menos competente burócrata sin maldad en el proceso de exterminio industrial del que fue pieza clave, ciego engranaje según su testimonio:

«Respecto a que el gran público continúe considerándome una bestia feroz, un sádico cruel, el asesino de millones de seres humanos: las masas no podrán tener otra imagen del ex comandante de Auschwitz. Nunca comprenderán que yo también tenía corazón (…). Yo era una inconsciente ruedecilla en la inmensa máquina del Tercer Reich. La máquina se rompió, el motor desapareció: y yo debería hacer otro tanto. El mundo así lo pide».

El hogar, a unos pasos de los barracones, del paredón de fusilamiento. El horror es una cosa familiar…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s