Campos de concentración ¿Never Again?

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FotoEntrada al memorial de Treblinka, que se alza en una parte donde estuvo el campo de exterminio. | Foto: Alberto Mira Almodóvar

Never again?

por FERNANDO PALMERO y JOSÉ SÁNCHEZ TORTOSA

Lo primero es defenderse de los adjetivos. No usarlos para atenuar lo insoportable, para trivializarlo. No parapetarse tras la inercia de valorar. Ceñirse, en lo posible, al sustantivo, al hecho, a la realidad en toda su desnudez. Nos impulsa la necesidad, la urgencia que Platón o la Filosofía —esa arma defensiva que busca comprender— impone: volver al interior de la caverna, de la que nunca se sale del todo, adentrarse en el corazón de las tinieblas, mirar el rostro del horror. Hemos presenciado el primer atisbo de la ausencia: Treblinka.

No queda allí nada más que la torpe mano de la memoria reemplazando con piedras el horror de la Historia, el acto de nadificar, el vacío consumado, el homicidio industrial a gran escala. Donde hubo aniquilación se erige, inevitable y consoladora, la ceremonia de la conmemoración, la liturgia del recuerdo. Triste. Inexorable. «Never again» (Nunca más), reza la inscripción del memorial situado en el lugar en que los judíos fueron gaseados. Y de nuevo, ante la ausencia, en un memorial que se yergue sobre los límites del campo, el recurso de la biblioteca, que nos acompaña en el viaje y que destruye, implacable, la retórica del monumento.

En 1970, Gitta Sereni entrevistó en la cárcel a Franz Stangl, comandante de Sóbibór (de marzo a septiembre de 1942) y Treblinka (de septiembre de 1942 a agosto del año siguiente):

— Entonces, ¿no pensaba que eran seres humanos?
— Carga —dijo con voz apagada—. Ellos eran cargamento.

— ¿Cuándo piensa usted que comenzó a pensar en ellos como en una carga?
—- Creo que comenzó cuando vi por primera vez el Totenlager [la sección del campo en la que se asesinaba a las víctimas]. Recuerdo que Wirth [ayudante de Globocnik y supervisor de Sóbibór, Treblinka y Bélzec] estaba parado allí junto a las fosas repletas de cadáveres azulados. Eso no tenía ninguna relación con la humanidad, no podía tener ninguna relación con la humanidad. Era una masa de carne en putrefacción. Wirth dijo ¿qué haremos con toda esta basura? Creo que esto es lo que me llevó a pensar en ellos como en una carga.
(…)
— ¿Acaso podemos decir que se acostumbró a los aniquilamientos?
(Él pensó un instante).
— Para decir la verdad —dijo lentamente después de pensarlo—, sí, nos acostumbramos al aniquilamiento.

— ¿Tardó días, meses, años?
— Meses, pasaron meses hasta que pude mirar a alguno de ellos a los ojos. Lo reprimía a través del intento de crear un lugar especial: jardines, cuarteles nuevos, cualquier cosa nueva. Peluqueros, sastres, zapateros, carpinteros, había allí miles de cosas para distraer la atención. Utilicé todas.

— ¿Aun así, si lo sentía fuertemente, sin duda había momentos, cuando llegaba la noche, en los que no podía no pensar en eso?
— A fin de cuentas, lo único que ayudaba era la bebida. Todas las noches me llevaba a la cama un vaso grande de cognac y bebía.

Never again?

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