A la memoria de Matilde Elena López: La Doctora

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Dicen que la Doctora murió ayer, jueves 11 de marzo por la noche. Es una noticia triste y señala un buen momento para recordar que somos lo que nos dejaron ser mujeres como Matilde Elena López.

Élmer L. Menjívar/ El faro.com

Publicado el 12 de Marzo de 2010
“No debe ser el amor un nudo ni el matrimonio una prisión. Ni aun a nombre del amor se justifican las cadenas”, escribía Floritchica a Groza, con esas palabras que traslucían el pensamiento de Matilde Elena López en un breve epistolario titulado “Cartas a Groza”, publicado en 1970, por la Dirección General de Cultura, del Ministerio de Educación de El Salvador.Esa y otras frases afines no eran las más propias en boca y letra de mujeres de aquellos tiempos, tiempos en los que las mujeres apenas tenían derechos legales y permanecían enmarcadas en una cultura que las reservaba exclusiva y excluyentemente para la escena doméstica y la reproducción de los hijos y de su injusta condición. Matilde Elena López no cupo en su historia.

A Matilde Elena López se le ha conocido con un epíteto de origen académico que transformó en un epíteto histórico, humano: La Doctora. Fue, en efecto, la primera mujer salvadoreña en acreditarse un doctorado en Filosofía y Letras (Universidad Central, Ecuador 1956). Antes había sido licenciada en Humanidades por la Universidad San Carlos, de Guatemala. Que sus estudios fueran posibles en el extranjero no eran signo de poder económico, eran signos de su rebeldía beligerante contra la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, quien, comos a muchos más, la condenó al exilio en los años más crueles de su ejercicio dictatorial.

Así, la Doctora se dedicó a la academia y a las letras. Reconocida como una de las mejores ensayistas salvadoreñas -más allá de ser la primera mujer ensayista de alto nivel-, produjo una serie de estudios académicos sobre la cultura nacional, regional y latinoamericana. “Como ensayista, no tiene antecesoras ni sucesoras”, asegura David Escobar Galindo, y sus ensayos no lo dejan mentir.

Ella fue quien, como ella misma enunciaba, la que abrió esa puerta para las mujeres. Destacó como catedrática y educadora de muchas generaciones, ocupó cargos importantes en la Universidad Nacional, pero los cargos nunca fueron su pasión.

Pasión tuvo su lucha vehemente para conseguir la caída de dictadores. Su trinchera fue su pensamiento y su activismo, y la firme creencia de que “la vida es más grande que el destino”. No dudo que con ocasión de su fallecimiento sean muchas las voces que enlisten con más profundidad este y otros valores que constituyen su legado. Yo me remito aquí a mis pocos encuentros con su historia.

Allá por 1997, en una casa-café-peña ubicada cerca de la colonia Metrópolis, residencia también del poeta Otoniel Guevara, estábamos un grupo de neófitos escritores reunidos con otros de distintas generaciones para ofrecer un recital colectivo. Yo, que nunca he sido muy colectivo, veía llegar personajes que llegaban a ponerle rostro a algunos nombres que tenía en la memoria.

Estaba anunciada la llegada de la Doctora, y la Doctora apareció: pequeña como era, lúcida y de mirar a veces severo, a veces nostálgico. Era amena la Doctora. Bastaba una pregunta para que bulleran las anécdotas, y en cada anécdota nos descubría a los ignorantes jóvenes poetas sus pasos históricos, entre risas y frases contundentes. Parecía un cuento que aquella mujer de tan poca estatura física enfrentara al Indio Martínez, quien la exilió en Guatemala, donde fue recibida por el gobierno de Jacobo Árbenz, y que luego del golpe de la CIA contra este, ella escapara de Castillo Armas hacia Ecuador, y luego sobreviviera al desfile de coroneles y generales que gobernaron El Salvador durante sus años más activos, y luego enfrentara 12 años de guerra y una posguerra entera que nunca dio un justo trato a sus héroes. La Doctora hacía muecas, movía sus manos, usaba tonos dramáticos y parecía disfrutar con nuestras caras perplejas.

Pero el recital tenía que empezar, un recital que a los recitantes ya no importaba. A mí me daba vergüenza leer mi mejor poema delante de la Doctora, después de oír apenas retazos de la vida de aquella mujer, todos mis versos perdieron su soberbia pueril y me sentí un párvulo que apenas sabía dibujar su nombre. Nadie quería ser el primero.

Entonces la Doctora, no sé bien si por impaciencia o por empatía, tomó el pequeño libro que Otoniel acababa de editar con una selección de sus poemas, y empezó a leer rítmicamente sus poemas, explicando a veces el origen de alguno, insinuando romances y juegos picarescos, provocando risas y sorpresas. Llegó a aquel verso que nos dio un baño de juventud eterna: “¿Sabes que porque duerme sola el agua amanece tan fría?” Reía como nerviosa la doctora, como orgullosa de nuestras sonrisas, de lograr sorprendernos con sus ideas, de parecer, de pronto, más joven e ilusionada que todos los presentes.

La volví a ver muchos años después en su casa, en Jardines de Guadalupe, la entrevisté para escribir un reportaje que no recuerdo, pero recuerdo su casa y su ir y venir con libros, fotos, cartas y recuerdos. Era una mujer orgullosa de ser Matilde Elena López, era de carácter firme, pero sin ninguna prepotencia. Recuerdo que me dijo que solo tenía miedo al olvido, a un día no poder recordar quien es esa Matilde Elena López que se le aparece en los espejos.

Todos los demás encuentros con ella fueron en homenajes y eventos que cubrí como periodista: cuando la Asamblea la nombró Hija Meritísima, cuando recibió el Premio Nacional de Cultura, cuando le dedicaron -junto a Claribel Alegría- una semana nacional de lectura. Siempre hubo un saludo y una sonrisa, una palabra de recuerdo y una plática pendiente. Y pendiente quedó.

Dicen que la Doctora murió ayer, jueves 11 de marzo por la noche. Es una noticia triste y señala un buen momento para recordar que somos lo que nos dejaron ser mujeres como Matilde Elena López. Supongo que el agua amanecerá un poco más fría de ahora en adelante.

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