¿Pero esto es todo? La crisis financiera que sale y no sale a luz

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La reforma financiera no arranca por la presión de la banca y las dificultades para darle la vuelta a 25 años de desregulación.

Ciudadanos de Nueva York durante el discurso de Obama en  Wall Street

La gran banca internacional -la banca, a secas- es la principal causante de la crisis, de la locura colectiva de los mercados en los últimos años. Eso es algo que ya casi nadie discute. Ni siquiera los propios banqueros, que llevan unos años surrealistas: en Francia, durante los ochenta, los socialistas tomaron los bancos; en España, izquierdas y derechas hicieron poco más o menos lo mismo con las cajas; en la última década, en Estados Unidos, los bancos tomaron el Gobierno, y una vez llegada la crisis el sector consiguió cerrar una macabra cuadratura del círculo y “combinar lo peor del capitalismo y lo peor del socialismo: socializar las pérdidas y privatizar los beneficios”, según la definición acuñada por el sociólogo Nicholas Taleb. En realidad, los chanchullos del sistema financiero están detrás de casi cualquier crisis de calado en los últimos 200 años. Aunque esa, probablemente, sea otra historia.

O tal vez no tanto: “No es que el sentido de responsabilidad de la comunidad financiera respecto a la sociedad sea pequeño: es que es prácticamente nulo”, escribía tras el crack de 1929 y la Gran Depresión el maestro John K. Galbraith, uno de los grandes economistas del siglo XX. Desde su despacho en la Universidad de Texas, su hijo James K. Galbraith -también brillante economista- se ríe con sorna al otro lado del teléfono cuando se le pregunta por la refundación del capitalismo que prometieron los líderes mundiales hace ya más de dos años, tras el inicio de la Gran Recesión. “Es un espejismo pensar que el sistema puede funcionar tras la reforma financiera. El debate está planteado entre aquellos que son favorables a instaurar esa ilusión (los demócratas en Estados Unidos) y los que prefieren un sistema de rapiña. La tercera fuerza, en realidad la única fuerza efectiva, es el sistema judicial, que apenas ha comenzado a actuar. Que sea de veras efectiva (a través de investigaciones, de demandas y sobre todo de condenas) está por ver”.

Así funciona Estados Unidos: al final, los grandes y los pequeños problemas empiezan a resolverse por la vía de los tribunales. Y puede que esa también sea la única forma de que funcione el resto del mundo: a golpe de látigo de los juzgados, empezando por la acusación de fraude de Estados Unidos a Goldman Sachs, cuyo presunto fraude (vendían productos montados sobre las nefastas hipotecas basura sin informar a sus clientes de los riesgos) representa el rostro inaceptable del capitalismo.

Porque tras montones de cumbres internacionales y centenares de reuniones entre reguladores, banqueros y políticos, la vida sigue igual. A pesar de haber hinchado las expectativas de una reforma profunda del sistema financiero con las habituales declaraciones grandilocuentes -“si quieren guerra, la tendrán” (Barack Obama); “el mundo seguirá siendo un lugar peligroso mientras no llegue la hora de la reforma” (Dominique Strauss-Kahn); “hay que refundar el capitalismo” (Angela Merkel y Nicolas Sarkozy), y así ad infinitum-, no hay apenas nada de aquella tierra prometida. La reforma financiera, la piedra angular del nuevo sistema que debe salir de las cenizas del viejo, no avanza. Y si lo hace es a un ritmo imperceptible para la ciudadanía -una palabra que debería escribirse siempre en cursiva-, incluso para buena parte de los expertos. “La política fracasó al aceptar que los bancos se autorregularan, y la política (y los políticos) vuelve a fracasar con estrépito porque lo único que ve la gente, y es poco probable que la gente se equivoque, es que los Gobiernos han rescatado a las entidades financieras con un cheque en blanco: miles de millones gastados después han vuelto a los beneficios, han vuelto a los bonus y sobre todo empiezan a volver a algunas de las prácticas que nos llevaron a esto: nada o apenas nada ha cambiado”, resumía hace unos días el Nobel de Economía Joseph Stiglitz en Barcelona.

La ira ciudadana aumenta a la velocidad que sube el paro, a medida que la crisis se prolonga y va dejando cicatrices aquí y allá, al conocerse una pensión multimillonaria de un banquero o cuánto se van a repartir los ejecutivos de otra entidad que en su día fue rescatada por el Estado. Los reguladores piden tranquilidad, aseguran que trabajan a la velocidad adecuada, no quieren prisas, argumentan que es un asunto demasiado delicado para precipitarse. Sólo los tejemanejes de Goldman Sachs que ha denunciado EE UU han podido sacar la reforma de su letargo al otro lado del Atlántico. Obama puede provocar así una respuesta en Europa, que de momento está enfangada en otros problemas.

Se supone que estar cerca de la muerte obliga a revisar las prioridades, la escala de valores, esas cosas. El capitalismo, o al menos la peculiar versión conocida como capitalismo financiero desregulado -o a la americana- que se impuso en los últimos 25 años, estuvo al borde del precipicio en algún momento de septiembre de 2008: los líderes mundiales no tardaron en proclamar que impondrán más regulación, más control tras unos años de barra libre, de casi todo vale. Al cabo, había una burbuja (o varias) con muchos padres pero sobre todo uno: la banca y una serie de prácticas basadas en los excesos. O en algo de tan dudoso nombre como el sistema bancario en la sombra. O directamente en el fraude, en algunos casos. Y eso había que cambiarlo para “disciplinar” el sistema financiero, según la definición del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero el olvido. El olvido es quizá uno de los grandes problemas económicos, uno de los más difícilmente solubles. La memoria financiera dura unos 10 años; acabado ese plazo ya nadie suele recordar qué demonios sucedió en la crisis anterior. Hace justo una década explotó una burbuja -la famosa puntocom-, apoyada en manipulaciones contables, en ingenierías financieras, el típico relato del ungüento de serpiente que acabó explotando. También entonces los reguladores prometieron ponerse a trabajar para evitar que eso volviera a repetirse. Casi 10 años después, la siguiente burbuja, inmobiliaria y de deuda, consiguió que los ejecutivos que perpetraron aquella crisis de las puntocom, las Enron, Worldcom y demás parecieran meros aprendices de brujo en comparación con los nuevos Houdinis de las finanzas y las matemáticas financieras.

No han pasado ni tres años desde el pinchazo inicial de esa burbuja y los banqueros “ya han perdido la memoria”, asegura Paul De Grauwe, de la Universidad de Lovaina. Gobiernos y reguladores aseguran que no, que siguen teniendo entre ceja y ceja la reforma, que habrá cambios tarde o temprano. Pero el lobby financiero es potente; tal vez tan potente ya como el petrolero tras la irresistible evolución del sector bancario a lo largo de los últimos años.

En fin, la banca forcejea para mantener sin apenas cambios la desregulación iniciada en tiempos de Reagan y Thatcher, la revolución conservadora que luego continuaron -por cierto- los demócratas durante el mandato de Bill Clinton, y que llegó a convertirse en dogma con el Gobierno de George W. Bush. Un ejército de lobbistas presiona en Washington, en Bruselas, en Basilea y allá donde se negocie la reforma financiera para impedirlo, en un pulso que ha desarrollado una narrativa en la que caben incluso las conspiraciones: algunos de los que impulsaron la desregulación siguen en el puente de mando. “Larry Summers, asesor económico de Obama, fue férreo defensor de la desregulación con Clinton; Timothy Geithner, secretario del Tesoro, procede de Wall Street, y Jaime Caruana, que debe poner en marcha los nuevos requisitos de capital y liquidez en el Banco de Pagos de Basilea, es uno de los responsables de la regulación que está en vigor, y que permitió a los bancos medir sus propios niveles de riesgo, con las consecuencias que después se han visto”, ataca José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney.

Y sin embargo, es cierto que algunos aspectos de la reforma avanzan. Obama ha dado un paso adelante en esa carrera: la reforma acaba de entrar en el Senado y el presidente norteamericano quiere tenerla lista antes del verano o, a más tardar antes del segundo aniversario de la caída de Lehman Brothers, el Waterloo del sector financiero. En Europa se avanzó con rapidez al principio, pero la reforma se encalló y los problemas de Grecia la han dejado aparcada, al menos de momento.

Desde el Banco de Pagos de Basilea -una especie de banco central de bancos centrales-, Stephen G. Cecchetti pone el contrapunto a quienes critican los retrasos acumulados: “No estoy de acuerdo con la supuesta lentitud de la reforma. Las cosas van muy, muy deprisa. Hay aspectos técnicos que pueden suponer más tiempo, sobre todo la imprescindible coordinación internacional, pero en menos de dos años hemos avanzado mucho”, asegura, en línea con José Viñals, máximo responsable del sector financiero en el FMI. “Puede que la banca presione porque al fin y al cabo los cambios se van a notar en la cuenta de resultados. Pero ni siquiera los bancos se oponen a una mayor regulación, tras unos años en los que en algunos aspectos y en algunos países se iba en la dirección contraria”, añade. Y deja claro que básicamente va a haber “más requisitos de capital y de liquidez para los bancos; falta ver exactamente su alcance, pero la filosofía ya está consensuada”.

Más requisitos de capital y liquidez, naturalmente, es otra forma de decir que la banca debe volver a ser predecible y aburrida: al menos los bancos comerciales. Endeudarse por 20 y hasta 30 veces el capital llegó a ser la regla y no la excepción en los últimos años; y no sólo en la banca de inversión de Wall Street. “Tienen sentido los pasos que se están dando en esa dirección”, asegura desde Princeton el ex asesor de Clinton Alan S. Blinder, “pero hay montones de potenciales diablos en los detalles”. Blinder afirma que Gobiernos, reguladores y mercados “aún no han olvidado las causas de la crisis (aunque tarde o temprano lo harán), por lo que esta sigue siendo una gran oportunidad”. “Eso sí: los lobbies no se van a quedar de brazos cruzados. La presión va a ser intensa, hasta el último suspiro. Hay mucho dinero en juego”, añade por correo electrónico.

Obama tiene el viento a favor tras la acusación contra Goldman Sachs, que ha aumentado la presión popular para que los cambios normativos salgan adelante pese a las reticencias de los republicanos: dos tercios de los norteamericanos son favorables a atar en corto a los bancos. Pero esa batalla puede tener consecuencias en la Unión Europea. “Hasta ahora no ha habido grandes diferencias entre la cincuentena de propuestas que han salido de Estados Unidos y de Europa: los caminos seguidos son parecidos en hedge funds [fondos especulativos], derivados, agencias de rating y control de riesgo. La diferencia es que Obama ha sabido encontrar el tempo adecuado, a pesar de que algunos le han acusado de utilizar el caso Goldman Sachs para eso, mientras que Europa ha perdido el empuje inicial tanto por la crisis fiscal como por la presión de Reino Unido, que tiene una posición ambivalente porque teme perder la City y actúa siempre en su propio interés”, dice Karel Lannoo, experto en regulación financiera del Center for European Policy Studies.

Entre la docena de expertos consultados predominan quienes piensan que el proceso va lento e incluso “muy lento”, como De Grauwe. Pero eso tampoco es necesariamente malo. El sistema financiero es como el cerebro de la economía: un mecanismo de coordinación que asigna capital para construir fábricas, viviendas y carreteras, según la definición de Keynes. Y a diferencia de lo que ocurre con otros sectores, una mala reforma puede ser muy peligrosa en algo tan delicado. “El proceso se ha ralentizado, pero ese retraso tiene su lado bueno: ha habido propuestas populistas, improvisadas, con el único objetivo de calmar a la opinión pública. Y habría que diseñar los cambios con más calma, con más cabeza. La reforma financiera no nos va a sacar de la crisis: debe dar forma al sistema financiero del futuro, evitar crisis futuras dentro de lo posible. No es nada sencillo. No es bueno improvisar con ella”, apunta desde Londres Vicente Cuñat, de la London School of Economics.

Ricardo Caballero, profesor del MIT en Cambridge, comparte ese punto de vista. “Europa va a estar concentrada en Grecia, en la deuda pública y en su pérdida de competitividad durante un tiempo. La reforma se postergará, y eso retrasará la estadounidense porque es esencial la coordinación internacional para que la banca no encuentre resquicios por donde librarse de la regulación. Puede que eso no sea del todo malo: muchas de las propuestas que se han hecho no solucionan nada de lo que causó la crisis, y algunos aspectos, como algunas cosas de la regla Volcker [la propuesta estadounidense], son incluso contraproducentes”. “Es tan importante lo que se hace como lo que no se hace”, añade Caballero, “y hay que tener en cuenta que en esta crisis no sólo cometió errores el sector privado; también los reguladores y los supervisores se equivocaron, crearon una enorme confusión, y es necesario abordar un sistema de garantías públicas para controlar el riesgo sistémico”.

No es tarea fácil regular un sistema en el que los bancos son el casino, los grandes apostadores, los agentes de los pequeños apostadores y donde casi tienen mano con el croupier. La banca aduce que ha vuelto a los beneficios, que el crédito se recuperará tarde o temprano y que bastaría con ligeros ajustes para que el sector funcione como un reloj. Y mete miedo: asegura que el tsunami regulatorio, las más de 50 propuestas en su conjunto, dejarán menos dinero para prestar y por lo tanto dificultarán la concesión de créditos, y con ello la salida de la recuperación. Javier Suárez, profesor del Cemfi, admite que esos argumentos “pueden llegar a paralizar a los reguladores ante las dificultades para calibrar cuál puede ser el resultado de tocar tantas claves a la vez”. Y resume cómo está la situación en cuatro trazos.

Uno: “Basilea va a elevar las necesidades de capital y de liquidez, y eso es deseable y sensato porque llevará a una banca más robusta, siempre que se haga con un calendario a varios años vista para no ahogar la recuperación”. Dos: “Aún no hay consenso, pero va a haber una regulación para los bancos demasiado grandes o demasiado interconectados para caer. Una forma puede ser trocearlos, como han propuesto Estados Unidos y Reino Unido, aunque es posible que eso no solucione nada. Otra aproximación es gravarlos con impuestos, como ha propuesto el FMI, sobre todo en el caso de las operaciones más especulativas: eso cambiaría el actual sistema de incentivos, que lleva a los bancos a hacerse cada vez más grandes porque saben que así el Estado los salvará si algo sale mal”. Tres: hay acuerdo para regular los hedge funds, el capital riesgo y los productos derivados -armas de destrucción masiva en manos de los banqueros, según el inversor Warren Buffet-; es decir, a más presión para los actores y los productos más especulativos del negocio. Y por último, hay varias medidas aún difusas para cambiar la estructura institucional, un cajón de sastre que incluye crear nuevas autoridades y “hacer reglas más claras” para cuando lleguen nuevas crisis, resume Suárez.

No se trata de un resumen exhaustivo: hay propuestas para regular también el papel de las agencias de calificación de riesgos, que no vieron venir la crisis, contribuyeron a crear la burbuja e incluso han puesto su granito de arena para que las cosas vayan a peor: suelen hinchar sus notas cuando todo va bien y tienen el gatillo fácil para rebajar los ratings cuando van mal, según sus detractores, lo que supone exacerbar los ciclos. Y hay medidas también para limitar los paraísos fiscales -de muy escaso calado- y para regular los bonus de los banqueros y evitar así comportamientos miopes, cortoplacistas. Se trata de ligar las retribuciones al largo o muy largo plazo para evitar que los ejecutivos asuman riesgos excesivos a corto plazo para llenarse los bolsillos, pase lo que pase después con la cuenta de resultados. “Pero no va a ser sencillo tocar los bonus”, avisa Dean Baker, del Centro de Estudios de Política Económica en Estados Unidos.

En realidad, no va a ser nada fácil tocar nada. Van casi tres años de crisis desde el estallido de las subprime, y de momento los acuerdos brillan por su ausencia. Un ejemplo: el FMI presentó dos propuestas de impuestos a la banca en la última reunión de los ministros de Finanzas del G-20, en Washington, y se encontró posiciones encontradas. Países como Canadá o Australia, que han capeado bien la crisis y tienen un sistema financiero saneado, no quieren ver ese tipo de gravámenes ni en pintura. Y en cambio, los más golpeados -EE UU y Reino Unido, tradicionalmente contrarios a cualquier cosa que suene a más impuestos, además de los socios de la UE- están a favor porque además, de alguna manera, les puede venir bien ese dinero para sanear sus cuentas públicas, muy castigadas por la crisis.

Una de las grandes lecciones de esta crisis es que la economía va por detrás de la economía, salvo cuando es imprescindible acudir en auxilio de la segunda. La innovación financiera siempre ha ido por delante de la regulación necesaria. Al cabo, los políticos suelen prepararse para la batalla que ya se perdió. Aun así, “sería imperdonable que llegara una crisis parecida por uno de los agujeros que ha dejado la regulación en estos años. No volveremos al business as usual. Tal vez no lleguemos lo suficientemente lejos por las presiones del lobby financiero, que es enorme, y sin embargo está más débil de lo que solía. Porque lo que de verdad es enorme es el resentimiento de los Gobiernos contra la industria financiera”, cierra Nicolas Verón, de Bruegel. Galbraith, tan agraviado durante años por los neoliberales por demostrar que el rey estaba desnudo, solía decir que los altos ejecutivos del sector financiero suelen vivir tanto del rigor como de la irracionalidad: así se hacen los negocios, y así se cimentan algunos excesos. Sobre todo cuando la regulación no es la adecuada. –

Huracanes, tsunamis y mentiras nuevas

La banca -el universo económico en general- tiene una extraña relación con las palabras. Hablar de falta de transparencia es, naturalmente, otra manera de decir falta de información, por citar sólo uno de los muchos eufemismos que proliferan en la literatura económica. La nomenclatura es imposible: externalidades, apalancamiento, provisiones, derivados, por no hablar de los acrónimos (RAE, ROE, Ebitdas y demás) y de los abundantes anglicismos (subprime y credit default swaps

son quizá dos de los ejemplos más actuales). Todo eso sirve para definir conceptos que suelen ser tan intelectualmente elegantes como difíciles de entender: una de las razones esgrimidas para regular los derivados es que ni el mismo sector financiero sabe exactamente lo que son, dice Joseph Stiglitz en su último libro,

Caída Libre

. Stiglitz es especialmente crítico con algunos de los hallazgos de la banca que pasan directamente a las páginas de los periódicos: se queja de que cojan vuelo y calen palabras como “tormenta”, “terremoto” o incluso “

tsunami

” para definir lo que el Nobel califica -con cierto aire panfletario- como “el gran atraco estadounidense”: “Como al parecer sucede tan a menudo en nuestra sociedad, ‘son cosas que pasan’. (…) Pero esta crisis ha sido el resultado de actos, decisiones y razonamientos de los responsables del sector financiero. El sistema que fracasó tan estrepitosamente no se materializó por sí solo. Fue creado. Mucha gente trabajó muy duro (y gastó mucho dinero) para que adoptara la forma que adoptó”. No fueron las fuerzas de la naturaleza, no fue una plaga bíblica, no fue un tifón lo que arrasó las finanzas y posteriormente la economía mundial.

Esa peculiar forma de moldear el lenguaje sigue en boga. Wall Street se queja de que los medios de comunicación desquicien la realidad denominando “rescate” a lo que se hizo con AIG, con Freddie Mac y Fannie Mae, y con tantos otros, en lugar de conceptos más optimistas: “programa de recuperación”, por ejemplo. El Tesoro de Estados Unidos llegó a llamar “activos depreciados” a los activos tóxicos, y después “activos heredados”.

Sobre la reforma financiera, Stiglitz es conciso y no se anda precisamente con eufemismos: “Wall Street ha utilizado su poder y su dinero para comprar desregulación, seguida rápidamente del rescate más generoso en la historia de la humanidad. Pero aún queda la posibilidad de volver a regular para corregir los errores del pasado”. Tomás Baliño, ex subdirector del FMI, asegura que los problemas “están a la vista de todos y han afectado a todos: el hecho de que, además, muchos de los responsables de la crisis ganaran fortunas ha alimentado aún más el resentimiento. Va a haber reformas importantes, eso es seguro; el problema es -como dice Stiglitz- si se llegará lo suficientemente lejos”. –

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