los Rostros del poder: Sonia Sotomayor

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La primera persona hispana que llega al Tribunal Supremo de Estados Unidos es mujer. Nacida en el Bronx, su madre lo fió todo a la educación, y ella, con brillantez, escaló hasta Princeton, Yale y el más alto tribunal, en el que representa un nuevo perfil de juez, más próximo a la realidad del país.

Texto de Marc Bassets

Sonia Sotomayor, durante su juramento ante el comité judicial del Senado el 13 de julio del 2009,  en los trámites previos a su toma de posesión en el Tribunal Supremo en agosto

Sonia Sotomayor entró, la sala se puso en pie y estalló en una ovación.
Todos querían hacerse fotos junto a ella. Todos querían hablar –quizá sería la última oportunidad de hacerlo con calma– con la ex compañera, aquella muchacha latina de origen humilde que acababa de llegar más lejos que ninguno de sus condiscípulos: hasta el Tribunal Supremo.

El fin de semana del 17 de octubre del 2009, los antiguos alumnos de la Yale Law School, la elitista escuela de Derecho de una de las mejores universidades del mundo, se reunieron para rememorar viejos tiempos, preguntarse por las familias y organizar coloquios sobre cuestiones legales. Sonia Sotomayor, ahora Justice Sotomayor, juez en el más alto tribunal de Estados Unidos, cuyos nueve miembros en muchos casos son más poderosos que el presidente, atrajo toda la atención.

“Fue la estrella de la velada”, recuerda Robert Klonoff, condiscípulo suyo en Yale, amigo durante más de tres décadas, y ahora decano de la escuela de Derecho Lewis and Clark, en Portland, la capital de Oregón.

Klonoff conoce bien a Sonia Sotomayor. Todavía recuerda cómo llegó al mismo Yale que en octubre la agasajaba. Era 1977. Resultaba extraño ver a un hispano en una institución como aquella, un templo educativo de la costa este donde se formaban los patricios de la República, los que tenían conexiones, los retoños del establishment. “Yo mismo me sentía fuera de lugar”, asegura el profesor, que venía de una familia de clase media “sin abogados”.

Y si en Yale Klonoff se sentía “fuera de lugar”, imagínese cómo debería sentirse Sonia…, sugiere el amigo de Sotomayor. En Estados Unidos, donde el concepto de clase media es amplísimo, los Sotomayor no eran considerados siquiera de clase media.

En el bufete de abogados Pavia & Harcourt de Nueva York, donde trabajó.
Nacida en 1954 en una familia de inmigrantes puertorriqueños en el Bronx, uno de los barrios más duros de Nueva York, huérfana de padre a los nueve años, miembro de una minoría apenas presente en los centros de poder de la superpotencia, Sonia Sotomayor “tuvo que trabajar muy duro para llegar ahí”, dice Klonoff. “Sonia no llegó a Yale porque sus padres tuvieran el dinero.”
No. Sonia Sotomayor llegó a Yale –previo paso por Princeton, otra universidad de la Ivy League, los centros más selectos del país– con becas, y, como ella misma ha reconocido, gracias a los programas de discriminación positiva, que facilitaban el acceso de minorías a las instituciones educativas.

Sonia Sotomayor encarna no sólo el sueño de igualitarismo estadounidense y de la meritocracia y el esfuerzo, sino también el sueño latino, el de la minoría más pujante que, sin embargo, tiene una presencia escasa en las élites del país.

Sotomayor no sólo es la primera hispana en llegar al Tribunal Supremo (y la tercera mujer). También es la primera juez que creció en los projects, los barrios de viviendas de protección oficial característicos de las barriadas de Nueva York.

“A veces la más hermosa campanilla puede florecer en un lugar inesperado –una cerca metálica, con vidrios rotos alrededor, junto a un edificio abandonado– regada por alguien cuyo nombre a lo mejor se desconoce”, se lee en una hagiografía para niños titulada La juez que creció en el Bronx. La metáfora es cursi, pero refleja una realidad. Sotomayor sabe, desde niña, lo que es la vida de la calle. Sabe lo que significa sufrir para llegar a final de mes

La juez posa junto a su madre, Celina, en una imagen no fechada tomada en una celebración.
Así como otras familias del Bronx se refugiaban en la religión, y otras vivían de la ayuda del Estado, Celina, viuda de Juan Sotomayor, telefonista de profesión, lo fió todo a la educación (ni a Dios ni a papá Estado), como ha explicado la periodista Lauren Collins en la revista The New Yorker. Celina obligaba a sus hijos Juan (que es médico) y Sonia a sentarse cada noche en la cocina para hacer los deberes. Con esfuerzo y dedicación, la brillante Sotomayor, ya una fanática de la serie televisiva de abogados Perry Mason, estudió con notas sobresalientes en la escuela secundaria católica Cardenal Spellman, y de ahí pasó a Princeton.

En Princeton aquella muchacha cuya lengua materna era el castellano tuvo que esforzarse más que otros compañeros procedentes de mejores escuelas y de familias anglófonas para escribir un inglés correcto, pero acabó licenciándose summa cum laude. Comprometida con asociaciones estudiantiles puertorriqueñas, saltó a Yale, donde se especializó en Derecho.

Foto de familia de los nueve jueces del Supremo tras su incorporación
Después, hizo una carrera fulgurante, desde la fiscalía del distrito de Manhattan, pasando por un bufete privado y finalmente en el Tribunal de Apelaciones de Nueva York. Divorciada tras un breve matrimonio juvenil y sin hijos, absorbida por el trabajo, apenas disfrutó de una vida privada: los compañeros de trabajo eran su familia inmediata. El compromiso con la causa latina, en todo caso, nunca lo abandonaría. Y le ha costado disgustos.

Una frase que pronunció en el 2001 en una conferencia ante estudiantes y jóvenes juristas latinos se convirtió en el argumento principal de los republicanos contra su nominación.
En Estados Unidos, el presidente nombra a los jueces del Tribunal Supremo, pero debe confirmarlos el Senado. Sotomayor salvó sin problemas los interrogatorios previos y la votación en el Senado, y juró el cargo el 8 de agosto del 2009. Pero, si algo le dio quebraderos de cabeza, fue la frase en cuestión: “Me gustaría que una latina sabia, con la riqueza de sus experiencias, llegase a conclusiones mejores que un hombre blanco que no hubiese vivido esta vida”. Por esta frase la llamaron racista, y es probable que ese día la propensión a la hipérbole que se le atribuye le jugase una mala pasada.

Es verdad que se trata sólo de una frase, pero revela un concepto de la justicia determinado, que coincide con el de Barack Obama. El presidente habló, al nombrar a Sotomayor, de la empatía como una virtud de los jueces. La empatía significa entender, más allá de la letra de la ley, el dolor de la víctima, la biografía del criminal: el contexto. Empatía es lo que en Estados Unidos llaman una palabra-código, en este caso para designar una tendencia progresista, y una sensibilidad particular con las minorías.

“Ella tiene la experiencia de ser discriminada, de ser estereotipada”, comenta su amigo Klonoff. Y, podría añadirse, es imposible eludir esta experiencia a la hora de juzgar en el Tribunal Supremo. En la primera sentencia que Sotomayor redactó en el Alto Tribunal, utilizó, por primera vez en la historia de esta instancia judicial, la expresión “inmigrantes indocumentados”, en vez del adjetivo usual –y considerado denigratorio para los inmigrantes– “ilegales”.

La juez, entre el presidente Obama y el vicepresidente Joe Biden en la Casa Blanca, el día que se anunció su elección, en mayo del 2009
En la primera sentencia que Sotomayor redactó, usó el adjetivo inmigrantes “indocumentados”, en vez del denigratorio “ilegales
En una institución donde los jueces son nombrados de por vida, y suelen vivir aislados de la América real, Sonia Sotomayor representa un anclaje en la realidad de este país cada vez más diverso, donde el presidente es hijo de un keniano y donde casi la mitad de los niños que nacen pertenecen a minorías no anglosajonas ni blancas.

El propio Antonin Scalia, la voz más prominente del sector conservador de este tribunal, reconocía el contraste en una conversación reciente con un grupo de periodistas. Scalia, ideológicamente opuesto a Sotomayor, recalcaba el contraste entre la juez y su antecesor, el jubilado David Souter, un hombre que apenas tenía vida social, se retiraba en cuanto podía a su casa en el campo e incluso carecía de televisor. Y recordaba la fiesta con la que los jueces celebraron la llegada de Sonia Sotomayor, con “comida picante” y un ambiente que denotaba que a partir de ahora las cosas serían distintas. “Nos llevamos muy bien”, asegura Scalia, que insiste en negar la imagen pública del Tribunal Supremo como “un nido de escorpiones” en el que los progresistas y conservadores viven en un estado de confrontación permanente.

No dan muestras de estar enfrentados los jueces cuando suben al estrado de la sala de audiencias del Tribunal Supremo, el imponente edificio de la colina del Capitolio de Washington, detrás de la sede del Congreso. Pero para quien asiste a una sesión –cerrada a las cámaras de televisión– queda claro que forman un grupo heterogéneo. El único juez negro, y uno de los más conservadores, Clarence Thomas, se recuesta en el sillón flexible y mantiene la boca cerrada, una costumbre habitual en él. Scalia interviene con frecuencia, e interpela a los abogados de la defensa y la acusación.

El ritmo endiablado del debate, las preguntas incisivas de los jueces que intervienen, los argumentos políticos, las interrupciones, hacen que el Supremo se asemeje más a un parlamento que a la idea que los ciudadanos tienen de un Alto Tribunal, de la última instancia jurídica en el país que en las últimas décadas ha decidido desde acabar con la segregación racial hasta las elecciones presidenciales que otorgaron la victoria a George W. Bush. La sala está llena.

Sonia Sotomayor rompe el tópico del juez novato y tímido que, en sus primeros años en el tribunal, raramente hace preguntas. La juez, que ha llegado con un termo en la mano –¿té? ¿café?– interviene varias veces durante la audiencia de una hora. El síndrome de la novata no la ha afectado. En estos momentos, nadie se acuerda de que lleva poco tiempo en el puesto, ni de que es latina, ni de que nació en el Bronx. Es una más.

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